Aquel Pueblo: terror ontológico en la España profunda

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Hay lugares de los que uno se marcha sin llegar a abandonarlos.

Pueblos que permanecen adheridos a la memoria como el olor de una casa cerrada; como el polvo de los caminos en verano; como las campanas que siguen sonando dentro de nosotros mucho después de haber dejado atrás la iglesia. Lugares que parecen pequeños cuando se contemplan desde un mapa, pero que contienen generaciones enteras de nacimientos, rencores, silencios, muertos y promesas incumplidas.

De esa sensación nació Aquel Pueblo, una serie compuesta por dos novelas: Aquella Casa y El Valle no te Suelta.

La escribí como un homenaje oscuro a Illana, en Guadalajara, y a toda la comarca de la Baja Alcarria. No he pretendido realizar un retrato literal del municipio ni trasladar sus calles de forma documental a la ficción. Villallana, el pueblo de las novelas, es una deformación literaria: un reflejo visto en un espejo antiguo, manchado por la humedad y colocado en un ángulo donde las cosas conocidas adquieren una forma inquietante.

Illana es la raíz.

Villallana es lo que podría crecer debajo de esa raíz.

La casa a la que todos terminamos regresando

Aquel Pueblo comienza con una mudanza.

Lucía Ferreyra, su marido Martín y su hijo adolescente, Tomás, abandonan Madrid para instalarse en una antigua vivienda familiar heredada en Villallana. La decisión parece razonable: una casa sin hipoteca, una vida más tranquila, la posibilidad de comenzar de nuevo y escapar de la asfixia económica de la ciudad.

Pero las herencias nunca consisten únicamente en paredes, escrituras y objetos antiguos.

También heredamos los silencios.

Heredamos las decisiones que otros tomaron antes de que naciéramos. Los nombres que se dejaron de pronunciar. Las habitaciones que debían permanecer cerradas. Los pozos de los que nadie bebe. Los símbolos grabados en una piedra cuyo significado se ha perdido, aunque su función continúe intacta.

En Aquella Casa, la familia descubre que el pueblo ya conoce su llegada. Nadie les da la bienvenida. Los vecinos no dicen «habéis venido», sino «ya habéis llegado», como si la mudanza no hubiese sido una decisión, sino el cumplimiento de algo largamente esperado.

La casa familiar se convierte muy pronto en el primer territorio del horror. Sus fotografías, sus puertas, el pozo del patio y una baldosa marcada con tres líneas revelan que el edificio no es simplemente una vivienda antigua. Es un órgano. Una abertura. Tal vez una boca.

Y, bajo ella, algo escucha.

La España profunda como territorio sobrenatural

Durante mucho tiempo, el terror rural español se ha construido desde fuera.

El visitante llega al pueblo, observa sus supersticiones y contempla a sus habitantes como supervivientes de un tiempo atrasado. La modernidad aparece asociada a la razón; el mundo rural, al miedo, la ignorancia y la violencia.

Yo no quería escribir esa historia.

En Aquel Pueblo, la España profunda no es un decorado primitivo enfrentado a los personajes urbanos. Es una realidad compleja que ha desarrollado sus propias defensas frente a algo que la razón contemporánea ni siquiera sabe nombrar.

Los habitantes de Villallana no son simples campesinos supersticiosos. Saben que existen reglas. Algunas se han conservado como costumbres. Otras han degenerado en refranes, rituales religiosos, celebraciones agrícolas o advertencias que nadie se atreve a explicar por completo.

Cerrar la puerta por la noche.

No responder cuando una voz llama desde un lugar donde no puede verse a quien habla.

No confiar únicamente en los rostros.

No creer que todo lo que regresa es lo mismo que se marchó.

La superstición, en este contexto, no representa la ausencia de conocimiento. Representa los restos de un conocimiento antiguo que ha perdido su explicación, pero no su utilidad.

La España profunda que aparece en estas novelas es la de las casas heredadas, los casinos donde se juega al mus, las conversaciones detenidas cuando entra una persona forastera, las cosechas, la matanza, el azafrán, las romerías, los cementerios encaramados sobre el pueblo y las familias que recuerdan agravios cuyo origen ya nadie conoce.

Pero bajo esa realidad reconocible existe otra.

Más antigua.

Más hambrienta.

El miedo a que nuestros recuerdos no sean nuestros

Siempre me ha interesado más el terror que altera la identidad que aquel que se limita a amenazar el cuerpo.

Una criatura puede perseguirnos. Un asesino puede entrar en nuestra casa. Un monstruo puede ocultarse bajo la cama. Todos ellos amenazan nuestra supervivencia, pero continúan aceptando una idea tranquilizadora: nosotros seguimos siendo nosotros.

En Aquel Pueblo, esa certeza desaparece.

Las urracas aprenden voces. El valle escucha conversaciones. Las presencias reproducen gestos, recuerdos, manías y afectos. Quienes desaparecen pueden regresar caminando, sonriendo y recordando casi todo lo que deberían recordar.

Casi.

Una preferencia alimentaria equivocada. Una anécdota imperfecta. Una reacción demasiado precisa. Una sonrisa empleada en el momento correcto, pero sostenida durante un segundo excesivo.

La pregunta fundamental deja de ser si los desaparecidos regresarán.

La pregunta es: ¿qué parte de una persona debe conservar una copia para convertirse en esa persona?

Un rostro no basta.

Una voz tampoco.

¿Bastan los recuerdos?

¿Basta el amor que otros sienten por nosotros?

¿Seguimos siendo quienes éramos si nuestros recuerdos han sido modificados, sembrados o reconstruidos por algo exterior?

En El Valle no te Suelta, este conflicto se vuelve todavía más cruel. La imitación ya no se limita a copiar cuerpos. El valle parece capaz de fabricar memorias, superponer identidades y devolver seres que poseen pulsos humanos, pero también otros ritmos más profundos, circulares y ajenos.

Lucía encuentra en su conocimiento de la medicina tradicional china una forma de interpretar lo imposible. Para ella, el pulso no es únicamente una señal mecánica del corazón. Es una expresión del flujo interior, del equilibrio y de la relación entre las distintas partes del organismo.

Pero ¿qué sucede cuando el organismo no es una persona?

¿Qué sucede cuando el cuerpo enfermo es un valle entero?

El valle como cuerpo

Uno de los conceptos centrales de la serie es la identificación entre territorio y organismo.

Villallana se encuentra encerrada entre dos elevaciones. En una se alza el cementerio. En la otra permanecen las ruinas y los restos de un asentamiento anterior. La carretera desciende entre ambos cerros, atraviesa el pueblo y continúa hacia el norte.

Lucía comienza a contemplar el valle como si fuera un cuerpo atravesado por meridianos.

El cementerio es la memoria.

Las ruinas son la herida.

La carretera es el conducto por el que entran las personas.

La iglesia se levanta sobre una garganta.

La casa heredada ocupa el lugar de la boca.

Esta interpretación permite que el horror abandone los límites de la casa encantada. No hay un único edificio maldito. No existe un punto concreto que pueda clausurarse, quemarse o exorcizarse.

Todo el paisaje forma parte de la entidad.

La geografía recuerda.

La piedra escucha.

Las raíces atraviesan el subsuelo como venas.

Los caminos no conducen necesariamente al mismo lugar dos veces.

El valle no es un escenario en el que sucede la historia. El valle es uno de sus personajes. Quizá el más antiguo. Quizá el único que conoce la verdad completa.

Un terror esotérico, religioso y cósmico

La mitología de Aquel Pueblo nace de varias capas superpuestas.

En la más antigua aparece una presencia vinculada a la tierra, al inframundo, a los ciclos de muerte y renovación. Los pueblos prerromanos pudieron considerarla una divinidad. Los romanos le habrían dado otro nombre. El cristianismo trató de enterrarla bajo cruces, ermitas, liturgias y campanas.

Más tarde llegaron las interpretaciones modernas.

Luces en el cielo.

Desapariciones.

Visitantes que pierden la noción del tiempo.

Fotografías de momentos que todavía no han ocurrido.

La posibilidad de que aquello que habita bajo Villallana no sea una diosa, al menos no en el sentido religioso tradicional, sino una realidad tan antigua y extraña que cada cultura la ha interpretado con las herramientas disponibles.

No me interesaba explicar el misterio mediante una única respuesta.

Una explicación cerrada habría reducido el horror.

Puede ser una divinidad subterránea.

Puede ser una inteligencia vinculada al territorio.

Puede ser una puerta abierta hacia otra estructura de la realidad.

Puede ser algo llegado desde las estrellas y adorado como un dios por quienes carecían de otro lenguaje para describirlo.

Todas las posibilidades pueden contener una parte de verdad.

Ninguna resulta suficiente.

En el fondo, las religiones, las supersticiones y las teorías contemporáneas quizá no sean más que nombres pequeños colocados sobre una presencia demasiado grande.

La comunidad y el precio de la supervivencia

En estas novelas no existe una separación sencilla entre víctimas y culpables.

Los habitantes del pueblo conocen partes de lo que sucede. Algunas personas han vigilado las ruinas. Otras han protegido los rituales. Algunas colaboran conscientemente. Muchas han olvidado lo que hicieron o han permitido que sus recuerdos sean modificados.

Durante generaciones, Villallana ha mantenido un equilibrio cruel.

El valle exige.

El pueblo entrega.

A cambio, aquello que duerme bajo la tierra permanece contenido.

Esta estructura plantea uno de los dilemas morales principales de la serie: ¿qué responsabilidad tiene una comunidad que sacrifica a unas pocas personas para evitar una catástrofe mayor?

Es sencillo condenar el ritual desde fuera.

Resulta más difícil hacerlo cuando su interrupción puede significar que desaparezcan treinta personas en lugar de tres. Cuando una familia es elegida para proteger a todas las demás. Cuando cada generación hereda una atrocidad que no creó, pero de cuya continuidad depende su supervivencia.

No hay héroes puros en Villallana.

Hay personas cansadas.

Personas aterrorizadas.

Personas que han aprendido a justificar lo imperdonable.

Y personas que, después de convivir demasiado tiempo con el monstruo, ya no saben dónde termina la colaboración y comienza la pertenencia.

La memoria de los pueblos

La despoblación rural suele contarse como una historia de desaparición.

Cierran las tiendas. Mueren los ancianos. Las casas quedan vacías. Los hijos se marchan. Las tradiciones se convierten en fiestas organizadas para visitantes. El pueblo se transforma lentamente en una fotografía de sí mismo.

En Aquel Pueblo quise invertir ese proceso.

Villallana no está muriendo porque sus habitantes se marchen.

Villallana se niega a permitir que nadie se marche por completo.

El valle conserva nombres, cuerpos, objetos y recuerdos. Devuelve versiones. Repite rostros. Reconstruye generaciones. Hace que los muertos, los desaparecidos y quienes todavía no han nacido compartan el mismo espacio.

No lucha contra la despoblación mediante la vida.

Lucha mediante la imitación.

Y aquí aparece la dimensión ontológica de la serie: si un lugar recuerda mejor que sus habitantes, ¿a quién pertenecen esas vidas? ¿Somos propietarios de nuestra identidad o solo una forma temporal que adopta la memoria?

Los pueblos suelen decir que uno siempre acaba regresando.

Villallana convierte esa frase en una amenaza.

Illana detrás de Villallana

Illana está presente en estas páginas de una forma íntima.

En la luz dura de la Alcarria.

En las lomas secas.

En la piedra antigua.

En las casas encaladas.

En las carreteras que parecen descender por sí solas hacia el valle.

En la cercanía del cementerio, de la iglesia y de las ruinas.

En esa combinación tan castellana de belleza austera, silencio y permanencia.

Pero, sobre todo, está presente en el vínculo entre las personas y la tierra. En los pueblos, una casa nunca es solamente una propiedad. Tiene el nombre de quienes vivieron en ella. Conserva sus objetos. Sus reformas. Sus muertes. Sus discusiones. Incluso después de décadas, alguien recuerda quién dormía en cada habitación.

Esa memoria puede resultar acogedora.

También puede convertirse en una prisión.

He escrito esta serie desde el afecto, pero sin idealización. El homenaje verdadero no consiste en embellecer un lugar hasta volverlo irreconocible. Consiste en aceptar que posee sombras, contradicciones, silencios y una historia anterior a nosotros.

La fantasía y el terror me permiten mirar esa realidad desde otro ángulo.

No para decir que bajo Illana exista una divinidad enterrada.

Sino para recordar que bajo cualquier pueblo existen capas de vidas olvidadas, y que caminamos sobre ellas sin preguntarnos con suficiente frecuencia qué permanece allí abajo.

Dos novelas y una sola herida

Aquella Casa es la llegada.

La familia entra en Villallana, descubre las primeras reglas y comprende que la casa heredada forma parte de un mecanismo mucho mayor. Es una novela sobre la intromisión, la suplantación y el aprendizaje: el valle escucha, observa y prueba las voces antes de comenzar a utilizarlas.

El Valle no te Suelta profundiza en la naturaleza del territorio, en los regresos, en las identidades compuestas y en el ritual que mantiene unido al pueblo. La amenaza deja de actuar desde los márgenes y exige una elección definitiva.

Ambas novelas forman una única historia.

La historia de una familia que buscaba comenzar de nuevo.

La historia de un pueblo que lleva siglos comenzando de nuevo a sus habitantes.

La historia de una casa que no fue construida sobre una puerta, sino alrededor de ella.

El lugar del que nunca nos marchamos

Todos conservamos un pueblo.

Puede ser aquel en el que nacimos. El de nuestros padres. El de nuestros abuelos. El lugar al que acudíamos durante los veranos o la casa que solo conocemos a través de fotografías familiares.

Aunque no regresemos, permanece dentro de nosotros.

Recordamos un olor, una calle, un portal, una conversación escuchada cuando éramos niños. Fragmentos que creíamos olvidados reaparecen décadas después con una precisión inquietante.

Quizá los lugares también nos recuerden.

Quizá una casa vacía conserve la forma de nuestros pasos.

Quizá la tierra aprenda nuestros nombres.

Y quizá marcharse no sea lo contrario de quedarse.

Quizá solo sea otra forma de permitir que el lugar continúe viviendo dentro de nosotros.

Eso es Aquel Pueblo.

Un homenaje a Illana y a la Baja Alcarria.

Una historia sobre la España profunda, sus silencios y sus sacrificios.

Una fantasía oscura sobre la memoria.

Y una historia de terror sobre un valle que escucha, recuerda y nunca termina de soltarnos.

La serie Aquel Pueblo, formada por Aquella Casa y El Valle no te Suelta, está disponible exclusivamente en THYDOM.COM.